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La espiritualidad y la oración - Por Margarita Burt

“Encerrado estoy, y no puedo salir. Mis ojos enfermaron a causa de mi aflicción; te he llamado, oh Jehová, cada día; he extendido a ti mis manos. ¿Manifestarás tus maravillas a los muertos? ¿Será contada en el sepulcro tu misericordia? Mas yo a ti he clamado, oh Jehová, y de mañana mi oración se presentará delante de ti. ¿Por qué, oh Jehová desechas mi alma? ¿Por qué escondes de mí tu rostro?” (Salmo 88:8-14).


                      Este es uno de los salmos que no termina con una feliz resolución, con el salmista alabando y cantando al Señor, sino con la misma tónica con que empezó: “Yo estoy afligido y menesteroso… Sobre mí han pasado tus iras, y me oprimen tus terrores. Me han rodeado como aguas continuamente; a una me han cercado. Has alejando de mí al amigo y al compañero, y mis conocidos has puesto en tinieblas” (v. 16-18). Y así termina el salmo. No hay ninguna nota de esperanza. No termina confiando en la liberación de Dios. ¿Este salmo es menos espiritual que los otros? ¿El salmista no era una persona de fe? ¿La espiritualidad siempre tiene que ser positiva? ¿Hay cosas realmente tristes?

                      Si hubiésemos oído esta oración en una reunión de oración en una de nuestras iglesias, a lo mejor habríamos pensado que a esta persona le faltaba confianza y fe en el Señor. A lo mejor habríamos intentado animarle con unas frases hechas, o habríamos corregido su teología. Pero como viene escrita en la Biblia, no podemos criticar al salmista.

                      Este hombre es una persona de profunda y prolongada fe. La fe consiste en derramar el alma delante de Dios, y esto es justamente lo que está haciendo. No está fingiendo una felicidad que no tiene. No está haciendo ver que su realidad es otra. Está siendo totalmente honesto. Presenta su caso delante de Dios. No se aleja de Dios debido a su aflicción. Quiere que Dios le responda, y no va a dejar de clamar hasta no tener de parte de Dios una liberación en su profunda angustia.

                      Esta persona que tacharíamos de poco espiritual está viviendo una experiencia similar a la del Señor Jesús. Se le acerca la muerte. Sabe que Dios ha escondido su rostro de él. La ira de Dios reposa sobre él. Sus amigos le han abandonado. Y así termina el salmo, frente a la muerte, sin la intervención de Dios. Estas palabras caben perfectamente en boca de nuestro Salvador. Expresan gráficamente lo que él habrá sentido bajo la ira de Dios esperando la muerte. Lo suyo es una espiritualidad sublime, no termina de clamar a Dios aunque no halle respuesta a su súplica. Esta es la fe probada hasta lo último, y la persona sigue agarrada a Dios aunque no entiende su silencio.

                      La espiritualidad puede expresarse en medio de la más profunda angustia, sin un esfuerzo humano de animase con lo que uno ya sabe. Es rehusar dejar de clamar a Dios aunque no se entiende nada. Es el alma desnuda delante de Dios, frente a la muerte, gritando con la agonía de la muerte muy presente, sin rendirse. Esta es la fe de los profetas, de los mártires, y, supremamente, la de nuestro Salvador.

 

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