Iglesia de los Hermanos - República Argentina
  Portada 07-10-2008 
Hacia la Libertad   Imprimir  E-Mail 
Hacia la LibertadEn 1986 estuve en Holanda, en uno de los congresos internacionales de la Asociación Billy Graham. Duró dos semanas, y en el fin de semana libre viajamos con un hermano a la ciudad de Rotterdam para conocerla.

Fue casi totalmente destruida por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, así que no pudimos visitar prácticamente ningún lugar histórico, porque no había quedado casi ninguno. De manera que fuimos a recorrer el puerto, que es el más grande del mundo. En una de sus dársenas había una placa de bronce donde decía que desde ese lugar había zarpado la segunda ola de inmigración de los hermanos hacia EE.UU. el 7 de julio de 1729 de Rotterdam en el buque "Allen", bajo el mando de James Craigie. Fue muy emocionante para mí ver el lugar desde donde aquellos hombres y mujeres, presionados por la persecución, zarparon en busca de libertad.

La emigración de los Hermanos a los Estados Unidos se llevó a cabo en dos etapas: la primera en 1719 y la segunda en 1729, aunque entre esas fechas hubo algunos casos aislados de Hermanos que fueron a América por su cuenta. Según un historiador, esta emigración de los Hermanos a las costas amistosas del continente Americano "es el único ejemplo histórico de la emigración de TODA una denominación religiosa"; quizás esta afirmación sea algo exagerada, porque hay evidencias de que unos pocos se quedaron en Alemania, y otros se dirigieron a los países limítrofes y a Escandinavia. De todos modos, esta emigración masiva habla con elocuencia de la unidad de propósito y la convicción que poseía aquellos Hermanos.
La razón por la cual los Hermanos miraron a América es fácil de determinar a la luz de las circunstancias que les tocó vivir y la mano que el Nuevo Mundo les estaba extendiendo. Muy pronto después del nacimiento del pequeño grupo en Schwarzenau, comenzaron a acosarlos y a perseguirlos. Debido a que los Hermanos conformaban una iglesia minoritaria y con una actitud de protesta, dondequiera que se establecían caían en desgracia.

América era el lugar que les presentaba la mejor perspectiva de éxito para emigrar. William Penn garantizaba una libertad religiosa plena a todos los que venían a su territorio en el Nuevo Mundo. La corona de Inglaterra le había concedido el territorio que ahora se conoce como Pennsylvania (se llama así en su honor), y él estaba ansioso de contar con personas frugales e industriosas como los Hermanos, los Cuáqueros y los Pietistas para que vinieran a sus dominios y contribuyeran a su desarrollo. En 1677 Penn había viajado a Europa con el fin de alistar a tantos como fuera posible para que viajaran a América y aprovecharan la libertad y las ventajas económicas que había en su colonia. Como estos grupos enfrentaban una situación imposible en Europa, cuando recibieron la invitación en firme para ir a ese Nuevo Mundo que les ofrecía oportunidades tan grandes, vieron claramente cuál era el curso de acción a seguir: ¡Debían ir a América porque para ellos era su Tierra Prometida! Cuando llegaron a América no dudaron en dirigirse a un lugar del que ya tenían referencias llamado Germantown ("Pueblo de Alemanes"), no lejos de Filadelfia. Esta villa había sido establecida por los Menonitas en 1685, algunos de los cuales provenían de Creyfelt y habían sido amigos de los Hermanos que se congregaban en ese lugar.
Peter Becker (1687-1758) organizó un grupo y los preparó para viajar a América. El grupo contaba con unos 126 miembros, incluyendo unas veinte familias, y su ida prácticamente decretó la desaparición de la congregación de Creyfelt, en Alemania. "Un paño mortuorio cayó sobre la iglesia. Los miembros perdieron interés, se alejaron, o volvieron al mundo, y la iglesia se redujo y redujo hasta que finalmente desapareció", dice un historiador.

Parece que los Hermanos dieron un buen testimonio durante su viaje, del que recordamos el siguiente incidente. Se había levantado una furiosa tormenta que amenazaba con hundir el barco. Arriaron las velas y arrojaron muchas mercancías al mar, pero todo parecía en vano. Mientras tanto, los Hermanos estaban en sus compartimentos en la bodega, clamando unánimemente al Padre Celestial, que sólo necesitaba decir: "¡Cálmense!" para que los vientos y las olas obedecieran su voluntad. El capitán, desesperado y guiado por la Providencia, bajó a los humildes compartimentos de los devotos Tunkers y, ¡oh sorpresa! estaban orando y cantando tan despreocupados como si el mar estuviera tranquilo. No les hizo ningún reproche por su aparente fatalismo. Quedó tan impresionado por su piadosa devoción y su calma imperturbable, que en su corazón se despertó una esperanza. De inmediato volvió a su puesto, animó al resto de los pasajeros, y declaró que el Dios Todopoderoso no permitiría que el navío se hundiera con gente tan piadosa a bordo. Bajo esta convicción de seguridad, redoblaron sus esfuerzos y pronto la tormenta pasó, el mar se calmó, y el viaje terminó con felicidad para todos.

Prácticamente no existen registros históricos de los primeros tres años de existencia de los Hermanos en el Nuevo Mundo. Pero como dice un escritor, "sin duda, como sucede con algunos ríos arenosos, la corriente continuó fluyendo subterráneamente". A pesar de que las circunstancias obraron en contra de su comunión y de su unidad como cuerpo, no debemos suponer que esas personas tan tenaces habían perdido sus convicciones. Al contrario, hubo esfuerzos por encontrarse con todos los Hermanos y reunirlos.

En América se repitió lo que había sucedido en Alemania unos quince años antes. En Schwarzenau el pequeño grupo de ocho almas llegó a ser el núcleo de todos los Hermanos, y desde el principio observaba las ordenanzas de la iglesia. De igual manera en Germantown, en el continente Americano, otro grupo de Hermanos puso el fundamento de la vida denominacional de los Hermanos en América.

En el día de Navidad de 1723 los Hermanos, reunidos en el hogar de Peter Becker, celebraron dos eventos: ¡La Natividad de nuestro Señor y el nacimiento de la primera Iglesia de los Hermanos en América! Aunque no ha quedado registrada la hora exacta del día cuando se reunieron, sabemos que Becker, el líder natural del grupo, les guió en meditaciones devocionales. En el grupo había diecisiete personas que habían sido bautizadas en Europa de acuerdo al modelo de los Tunkers. Además de estos diecisiete Hermanos, estaban presentes los seis individuos que, como resultado del trabajo evangelístico de la obra misionera ya descrita recientemente, habían abrazado el Evangelio y querían unirse al grupo de los Hermanos mediante el bautismo por trina inmersión. Pero antes de realizar el bautismo y de integrarlos al grupo, los diecisiete Hermanos que ya habían sido bautizados en Europa de acuerdo a las creencias de los Hermanos sintieron la necesidad de organizarse oficialmente como una congregación; lo hicieron, y eligieron a Peter Becker como su anciano.

Era invierno y estaba nevando, pero esto no fue un impedimento para que estas personas fervorosas cumplieran con el deseo de obedecer a su Señor en el bautismo. Después del almuerzo, y habiendo examinado a los seis candidatos, "en esa tarde invernal las veintitrés almas encabezadas por Peter Becker caminaron en fila india hasta el arroyo Wissahickon". Se leyó una porción de Lucas 14 donde se habla de considerar el costo del servicio Cristiano. También cantaron el himno bautismal compuesto por Alexander Mack y que comienza con estas tan adecuadas palabras: "Jesucristo dice: Calcula bien el costo cuando pongas los fundamentos". Un grupo de curiosos estaba observando; habían sido atraídos por esa fila que marchaba hacia el arroyo. Reverentemente ellos vieron como cada uno de los seis candidatos se dirigía hasta la helada corriente. Rompieron una fina capa de hielo que había sobre el agua, Becker entró al agua seguido por Martín Urner, y le bautizó por trina inmersión. Luego le siguió su esposa, y después los otros cuatro. Debido al frío reinante, el grupo no se quedó a la orilla del arroyo después que terminó la ceremonia. Se dirigieron a la casa de John Gomerry, donde se pusieron ropa seca. ¡Ahora el grupo estaba integrado por veintitrés personas!

Pero antes de que terminara aquel día de Navidad, el pequeño grupo iba a participar de otra bendición. A la organización de la primera iglesia de "Tunkers" en América y a los primeros bautismos administrados por los Hermanos en este país, les siguió la celebración de la primera fiesta de amor realizada en este continente. Visualicemos aquella solemne ceremonia celebrada en los días coloniales, cuando por vez primera los primeros Hermanos se juntaron alrededor de la mesa del Señor para observar las ordenanzas. Encendieron unas cuantas velas. Alrededor de una mesa larga, se sentaron los hermanos de un lado y las hermanas del otro, bajo la dirección de Peter Becker. Teniendo sólo a Dios como testigo, cantaron un himno, leyeron las Escrituras, y a la débil luz del atardecer comenzaron a observar las santas ordenanzas. Se levantaron de la mesa y lavaron los pies de los santos, los hombres con los hombres y las mujeres con las mujeres. Después comieron la cena de amor, y luego participaron del pan y de la copa.

La segunda ola de inmigración se produjo unos diez años después de la primera, en 1729. Desde 1720 este grupo de Hermanos había estado en Friesland Occidental (en los Países Bajos), donde se establecieron al huir de Schwarzenau a causa de la persecución. Pero llegaron a darse cuenta de que debido a la situación religiosa y política que enfrentaban, lo mejor para ellos sería probar suerte con sus hermanos en América. Así fue que el 7 de Julio de 1729, como lo dijimos al principio, zarparon de Rotterdam en el buque "Allen", bajo el mando de James Craigie, Después de un tormentoso viaje de setenta y un días arribaron a Filadelfia el 15 de Septiembre.

Este grupo estaba bajo la dirección de Alexander Mack, el líder del grupo original de Schwarzenau. Mack y su grupo fueron recibidos en Germantown con gran alegría. Se reanudaron viejas amistades, y la Iglesia de Germantown se fortaleció y animó muchísimo. Los recién llegados por fin habían encontrado un lugar de descanso después de haber vagado por Europa bajo la persecución, y se sentían felices de estar junto a sus hermanos.

Eduardo Coria


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