Hermanos en Adán, pero… Se cuenta que en cierta oportunidad entró un mendigo a la iglesia en el momento cuando el sacerdote estaba predicando su sermón. Y entre las cosas que dijo el religioso mencionó que todos los seres humanos somos hermanos en Adán.Cuando finalizó la misa y los feligreses se habían retirado, el sacerdote se fue a almorzar. Como suele suceder en las comunidades rurales, un chacarero le había regalado unos buenos salamines, así que se dispuso a comer uno de ellos regado con buen vino. Y estaba en este menester cuando llamaron a la puerta. Dejó el salamín sobre la mesa y acudió a la puerta. Allí estaba el mendigo que, espiando por encima del hombro del párroco, al ver los salamines, el vino y el pan, le dijo: “¡Padre! ¡Vengo para compartir la comida con usted, porque es mi hermano!” A lo que el religioso, ni lerdo ni perezoso, le respondió en su medio castellano y medio italiano: “Estás en un error. Sí, todos somos hermanos en Adán, pero no en el salam”… y cerró la puerta…
Este cuento puede hacernos reír, pero no hay ningún motivo de risa en esa misma dualidad perniciosa en la que todos nosotros solemos caer a veces. Es muy fácil proclamar la hermandad con elocuencia, pero no es tan fácil vivirla en su real dimensión. Queda muy bien enunciar los principios Bíblicos relacionados con amar al prójimo como a uno mismo, pero está muy mal no ponerlos en práctica. Así que le invito a que repasemos juntos algunos de los incisivos versículos bíblicos que se refieren a vivir la hermandad como Dios nos manda que la vivamos.
“No se engañen: de Dios nadie se burla. Cada uno cosecha lo que siembra. El que siembra para agradar a su naturaleza pecaminosa, de esa misma naturaleza cosechará destrucción; el que siembra para agradar al Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna. No nos cansemos de hacer el bien, porque a su debido tiempo cosecharemos si no nos damos por vencidos. Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe”, Gálatas 6:7-10.
“A los ricos de este mundo, mándales que no sean arrogantes ni pongan su esperanza en las riquezas, que son tan inseguras, sino en Dios, que nos provee de todo en abundancia para que lo disfrutemos. Mándales que hagan el bien, que sean ricos en buenas obras, y generosos, dispuestos a compartir lo que tienen”, 1 Timoteo 6:17-18.
“No se olviden de hacer el bien y de compartir con otros lo que tienen, porque ésos son los sacrificios que agradan a Dios”, Hebreos 13:16.
“Hermanos míos, ¿de qué le sirve a uno alegar que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe? Supongamos que un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse y carecen del alimento diario, y uno de ustedes les dice: «Que les vaya bien; abríguense y coman hasta saciarse», pero no les da lo necesario para el cuerpo. ¿De qué servirá eso? Así también la fe por sí sola, si no tiene obras, está muerta”, Santiago 2:14-17.
“En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos. Si alguien que posee bienes materiales ve que su hermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él, ¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en él? Queridos hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad”, 1 Juan 3:16-18
Mis hermanos, podríamos seguir agregando versículos pero con estos ya tenemos suficiente… No nos dejemos atrapar otra vez por las palabras, sino procedamos a la acción. Creo que así como hacemos planes para todo, también deberíamos planificar nuestra ayuda. Y le doy algunas ideas al respecto. En primer lugar, en Gálatas 6:10 hemos leído que “siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos, y en especial a los de la familia de la fe”. Note que no dice “exclusivamente” a los de la familia de la fe, sino “especialmente”. La familia espiritual, los hermanos en la fe que están pasando necesidad, tienen la prioridad en nuestra ayuda. Pero no nos limitemos a los hermanos de nuestra Iglesia; tomemos en cuenta a los misioneros y a hermanos de otras congregaciones. Todos tienen el derecho de esperar que nosotros les demos de nuestra abundancia. Y por supuesto, los que no son nuestros hermanos, si bien no ocupan el lugar prioritario, no están excluidos de nuestra ayuda. Porque Dios nos ordena que tenemos que hacer bien a todos.
En segundo lugar, así como planificamos el uso de nuestro dinero, ¿por qué no planificamos también nuestra ayuda? Es decir, si apartamos algo de dinero para ofrendar cada semana, y destinamos cierta cantidad a los gastos de la familia, ¿no podríamos destinar una cantidad de dinero para ayudar a nuestro prójimo? ¡Tenemos que hacerlo! Porque nunca sabremos en qué momento van a llamar a la puerta de casa o a la puerta de nuestro corazón pidiendo ayuda, y debemos estar preparados…
Volvamos a la frase final de nuestro cuento, pero hagámosle una “pequeña” corrección: ¡Somos hermanos en Adán, y también en el salám!
Eduardo Coria
Los versículos han sido tomados de la Nueva Versión Inernacional |