La Iglesia de los Hermanos no nació por accidente. Surgió en
Alemania como respuesta a una gran necesidad espiritual, porque aunque la
Reforma había triunfado, en el ámbito religioso no todo anduvo bien en la tierra
de Lutero. Bajo el liderazgo de Lutero y sus compañeros, el movimiento
reformista había hecho mucho por establecer las doctrinas fundamentales en la
iglesia Protestante que durante siglos habían sido eclipsadas por obras y
ceremonias meramente humanas. La Palabra de Dios había sido restaurada al lugar que le correspondía como única autoridad en asuntos de doctrina y práctica. Sin embargo, y es triste decirlo, muy poco después de establecida la Reforma, la iglesia Protestante fue cubierta por un manto de ortodoxia estéril, formalismo muerto y fría indiferencia hacia los valores espirituales. La vida Cristiana perdió su vitalidad y su frescura. La pasión por los logros espirituales se enfrió. La Reforma había fallado en los aspectos prácticos del Cristianismo. Había puesto el acento sobre la justificación por la fe, pero había descuidado la santidad de vida.
La Iglesia de los Hermanos nació en el año 1708 en Schwarzenau, Alemania, directamente al este de la actual ciudad de Colonia, junto al río Eider; si bien el nombre de “Iglesia de los Hermanos” no fue adoptado oficialmente hasta 1883. Estas “ocho personas se comprometieron unas con otras a que, con la ayuda de Dios, procurarían alcanzar una buena conciencia obedeciendo todos los mandamientos del Señor Jesucristo, y le seguirían como su buen pastor y líder en las buenas y en las malas”. No se conoce el día exacto cuando se celebró este primer bautismo, ni tampoco quien fue el que bautizó al primero de ellos. Estas personas humildes no querían que sus seguidores llegaran a adorar un día o un hombre. Solamente sabemos que sus nombres eran Alexander Mack, Anna Margaretta Mack, Joanna Noethiger (o Bony), Andrew Bony, George Grebi, Lucas Vetter, John Kipping y Joanna Kipping. Todos ellos eran miembros de alguna iglesia Protestante antes de 1708. Kipping era Luterano, en tanto Mack, Vetter, Bony y Grebi eran Presbiterianos o Reformados.
El bautismo fue así: Por la mañana se dirigieron hacia un arroyo llamado Aeder, y echaron suertes para elegir a quien bautizó a aquel hermano que tenía gran ansiedad por someterse a la ordenanza (Alexander Mack); hecho esto, se lo consideró debidamente calificado como para bautizar a los demás. Bautizó primero a quien lo había bautizado a él, y luego a los tres hermanos y las tres hermanas restantes. A esa temprana hora de la mañana, esas ocho personas fueron así bautizadas por trina inmersión. Después que salieron del agua y se cambiaron de ropa, estaban llenos de gozo, y por la gracia de Dios recordaron con particular fuerza la expresión “Creced y multiplicaos”. Este evento se realizó en el año mencionado, pero no ha quedado constancia del mes ni el día.
Todos los Hermanos de las generaciones siguientes hemos sido bendecidos ricamente al considerar lo que nuestros antepasados en la fe hicieron en aquel lugar. ¿Por qué no registraron la fecha exacta del bautismo y el nombre de quien realizó el primer bautismo? Ellos no estaban interesados en exaltar fechas u hombres. Sólo estaban interesados en agradar a Dios. ¿Cuántos estuvieron presentes en esa ocasión? Tampoco lo registraron, porque no tenían ningún interés en las estadísticas o la publicidad. Probablemente este primer y memorable servicio fue solemnizado frente a unos pocos espectadores, aunque un historiador dice que ellos estaban “rodeados por muchos curiosos”. Sea como fuere, lo que sí sabemos es que eligieron por sorteo al hombre que realizaría el primer bautismo, que él administró el sagrado rito a Alexander Mack, quien a su vez cumplió el rito con quien le había bautizado y con los otros seis integrantes de este primer grupo.
Después de terminado este primer servicio bautismal, el grupo se reunió para celebrar un tiempo de confirmación y devoción. Experimentaron una maravillosa bendición interior que les dio la seguridad de que estaban andando por el sendero de la voluntad divina. En sus corazones fluía una profunda y segura paz.
Es digno de notar que el pasaje de la Escritura que se leyó en esa ocasión fue Lucas 14:25–33, que incluye el tema de calcular el costo antes de comprometerse con el servicio Cristiano. Este pasaje era muy adecuado. Estos ocho pioneros habían calculado el costo con sumo cuidado. Sabían que probablemente serían perseguidos por haber emprendido esta riesgosa aventura de fe. Pero estaban dispuestos a pagar el precio necesario para establecer este nuevo testimonio. Los primeros hermanos siempre leían este pasaje cuando celebraban bautismos.
Posteriormente Alexander Mack escribió un himno sobre este pasaje, que se cantó durante muchos años en cada reunión bautismal de la Iglesia de los Hermanos”. Transcribo unas de las 13 estrofas originales:
CALCULA BIEN EL COSTO
Jesucristo dice: “Calcula bien el costo
cuando pongas los fundamentos”.
¿Estás resuelto a comprometer ahora tu palabra solemne
aunque todo (tú mismo, tu salud)
parezca estar perdido
por causa de Cristo el Señor?
Ahora estás sepultado en la muerte de Cristo,
por medio de la gozosa unión del bautismo.
No des lugar a los reclamos de tu ego
si deseas tener comunión
con la verdadera iglesia de Cristo, su novia que ya está dispuesta,
y a la que Él sustenta con su Palabra.
……………………………………………
El que tiene fe en la segura Palabra de Dios
no demandará ninguna señal.
Cuando Cristo increpó a la horda maligna
y habló claramente de su incredulidad,
a su pedido les mostró una señal
pero ellos permanecieron indiferentes.
…………………………………………
Guarda tu corazón de las falsas enseñanzas.
Algunos practican en el engaño
y, mediante artilugios pecaminosos,
aparentan que están unidos a Cristo.
Pero si uno no enseña la Palabra de Cristo
sus palabras sólo son dichos mentirosos.
¡Arriba, hijos de los hombres!
Llegó el momento de conjurar los males inminentes
porque Cristo mismo se ha sumado a la lucha,
en defensa de su reino de justicia.
Y para lograrlo, ten la mente de Cristo;
¡su palabra es suficiente en toda circunstancia!
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